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  • Foto del escritorPiero Gayozzo

Civilicemos a los pueblos originarios

En agosto del 2022 falleció el último miembro de una tribu no contactada en Brasil. Conocido como el ‘hombre del agujero,’ era un adulto de aproximadamente 60 años de edad que escapó por casi 20 años del resto del mundo. Fue visto por primera vez en 1996 y pese a reiterados intentos del Estado brasileño por aproximarse a él, nunca dio muestra de confianza en los demás. Su incipiente cultura nunca fue estudiada. Nunca se conoció sobre su idioma, sus tradiciones ni las razones por las que su gente cavaba agujeros de entre 1 y 2 metros de profundidad en el interior de sus chozas. Era el último sobreviviente de su desconocida cultura y con su muerte, su cultura también murió.



La cultura del ‘hombre del agujero’ quizás no era tan compleja. Era una tribu de personas que vivían en la selva y jamás conocieron ni la electricidad ni los metales. Su idioma quizás no contaba con un bagaje de palabras tan amplio. Registrar sus tradiciones, cosmovisión, idioma e instituciones, si es que las había, no hubiera sido muy complicado. Lo demandante quizás hubiera sido intentar comunicarse con él, pero nada que con un poco de tiempo no se hubiera podido resolver. Las culturas son útiles en la medida en que sirven a un grupo humano para enfrentar adversidades. No toda cultura es igual de exitosa en el mismo medio ni mucho menos para las mismas tareas. Algunas culturas se extinguen porque frente a otras son incapaces de proveer resultados igual de útiles para un problema o porque fueron erradicadas por la fuerza. Otras culturas son asimiladas o se fusionan y sobreviven adoptando nuevas manifestaciones. Es la evolución cultural. Las culturas no son joyas que deben preservarse, sino herramientas que deben resultar útiles o, de lo contrario, ser estudiadas para ser guardadas en el baúl de los recuerdos de la historia de la humanidad.


La tragedia de esta historia no radica tanto en la muerte de una cultura en sí, sino en que una persona no pudo jamás escapar de su cárcel de árboles. El ’hombre del agujero’ tuvo el infortunio de nacer en el medio de la selva en una comunidad alejada de la modernidad, de la tecnología, de los placeres de la convivencia globalizada. Nació en un entorno en el que quizás una infección cualquiera podría haberlo matado. Creció y vivió en un verdadero agujero, en una cárcel rodeada de una inmensa e interminable selva que le era hostil. Su mayor infortunio fue vivir en los exteriores de la civilización y ser víctima de los abusos de taladores o cazadores furtivos. Su pequeña tribu fue masacrada por personas deleznables en un terrible choque entre lo peor de nuestra sociedad e inocentes víctimas del azar. Esto no hubiera ocurrido si el Estado, si la humanidad hubiera hecho algo verdaderamente efectivo para conocer a su tribu, integrarlos y civilizarlos. 


El ‘hombre del agujero’ nunca respondió a la invitación de contacto del Estado brasileño y sus agentes dejaron de intentarlo. No hay mayor mezquindad que dejar a su suerte a un prisionero de su propia mente y, encima, que es una víctima del abandono del Estado en su máxima expresión. El fin del Estado es brindar seguridad y promover el bienestar de sus integrantes. Los no contactados no son animales a los que debemos abandonar a su suerte. El azar los hizo descendientes de pequeñas sociedades que se alejaron, pero quienes lo decidieron ya no siguen vivos. Los no contactados son víctimas de sus tradiciones deformadas sobre el exterior y son prisioneros de sus mentes contaminadas por la ignorancia. Si tenemos el deber de impactar positivamente en la vida de todas las personas que en nuestras ciudades carecen de servicios básicos, con mayor razón tenemos el deber de impactar positivamente en la vida de esos humanos desdichados que han nacido no en los márgenes de, sino fuera de la civilización. 


El ‘hombre del agujero’ debió ser incluido en la civilización incluso en contra de su voluntad. No solo no era deseable sino ni siquiera necesario usar la violencia para eso. Debió ser sedado, vacunado y atendido en aislamiento controlado en un entorno que le provea asistencia médica necesaria hasta que pueda entablarse la confianza requerida para la comunicación. ¿No es acaso más encomiable rescatarlo que haberlo dejado a su suerte? Al inicio, el ‘hombre del agujero’ no hubiera sabido que lo hicimos por su bien, pero con el paso del tiempo habría descubierto la verdadera libertad. Habría descubierto el mundo más allá de la selva que se volvió su cárcel. Solo así habría sido reconocido como más que un ejemplar en peligro de extinción. Habría sido visto y tratado como una persona. 


1 commentaire


Sergio Sánchez
Sergio Sánchez
01 mai

Me sorprende la ignorancia, insensatez, la completa arrogancia de la persona que pudo escribrir un texto tan vomitivo, inescrupuloso, diletante, primarioso y con tan poco aporte para el conocimiento de las culturas indígenas. Los pueblos indígenas en situación de aislamiento no aperecieron mágicamente en la selva amazónica y decidieron alejarse de la "civilización" por azares del destino, si realmente te interesara la historia de esos pueblos sabrías que la situación en la que están se remonta hace muchos años al haber pasado un proceso de colonización, explotación, desalojo por el supuesto mundo "civilizado" que ahora los ve como sus preciosos conejillos de india. Los pueblos indígenas amazónicos no son prisioneros de su propia mente y espacio, lo mismo puede ser…

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