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  • Foto del escritorAndrés Armas Roldán

“No mires arriba”: una sátira digerible

Sátira política, denuncia social, periodismo banal, obsesión y dependencia de la social media. En los últimos días y desde su estreno en la plataforma de Netflix, se ha dicho de todo sobre la película dirigida por Adam McKay y que es protagonizada por Leonardo DiCaprio y Jennifer Lawrence. Pues lo que creó altas expectativas en la cinta —sumémosle la gran cobertura publicitaria que tuvo— fue el lujoso elenco de actores que acompañarían a los protagonistas: Cate Blanchet, Jonah Hill, Mark Rylence, Timothée Chalamet, Ariana Grande y, por supuesto, Meryl Streep.



No necesitamos decir de qué va la película. La sátira de McKay es una metáfora de la crisis ambiental y la era de las fake news; todos lo que hemos visto la película lo tenemos claro. Además, su director ya lo ha mencionado en entrevistas: "La idea de poner en el foco el cambio climático y la idea de que estamos entre todos destruyendo el planeta vino de un amigo periodista. Me explicó que era realmente frustrante hablar sobre ello porque parecía que a la gente le daba igual todo, incluso si un asteroide acababa impactando contra la Tierra. Esa fue mi inspiración". Pero la película también alimenta su propuesta con imágenes y personajes que son reconocibles por el espectador: la caricatura banal de los medios de comunicación y hasta del mismísimo Elon Musk.


En una película llena de caricaturas, la más rescatable entre todo el fórum de personajes es la figura femenina del expresidente estadounidense Donald Trump; interpretada por una Meryl Streep en un nivel que ya nos tiene acostumbrados. De ahí, los demás solo cumplen con su papel dentro de la trama; no entregan otra cosa: el guion no los deja. Y por allí llegan las críticas más asiduas, pues la película desaprovecha el gran elenco que tiene. Un ejemplo de ello es la intrascendencia del personaje de Chalamet. Incluso el personaje de Ariana Grande termina teniendo más sentido y cohesión para la trama.


Cualquier persona que vea el film podrá identificar de forma rápida las taras de las sociedades modernas. La película está hecha de esa forma para que sea digerible para todo el público. A pesar de esto, los espectadores no terminan en ponerse de acuerdo —como las masas progres y conservadoras de la cinta—. Esto ha hecho que las críticas estén divididas: a unos les convence la propuesta y otros terminan hastiándose de esta. Cuando las opiniones están divididas, podría significar que la película funcionó como tal. El mensaje es simple, pero llega; al menos superficialmente. Además, termina siendo una cuestión de gustos. Para disfrutar de la cinta se debería llegar a ella sin ilusiones, sin grandes expectativas —ni siquiera por las breves escenas de André Silva y Ramón García. La película está dirigida a un público masivo —sino Netflix no se hubiese arriesgado a producirla—, y en sus dos horas de duración termina por entretener; aunque también a exasperar. En síntesis, la película cumple con su principal cometido: llegar al público mundial y estar en boca de todos por un tiempo. Aunque esto también hace que, cuando aparezca otra con sus mismas características, sea olvidada y termine siendo prescindible.


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