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Con vulnerabilidad no hay inclusión

  • Foto del escritor:  Verushka Villavicencio Vinces
    Verushka Villavicencio Vinces
  • 10 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

La realidad estalla ante nuestros ojos. Mientras los congresistas alistan sus billeteras para recibir beneficios valorizados en más de 40 mil soles en diciembre, por toda la ciudad podemos ver imágenes de adultos mayores expuestos a las inclemencias del clima, ofreciendo productos o realizando piruetas en la vía pública.



El 70% de los 10 millones de peruanos que viven en pobreza habitan en zonas urbanas,

según el Banco Mundial. Entre el 2020 y junio del 2025, el sistema excluyó a 250,912

personas del Programa Pensión 65, cortando la subvención de 250 soles que recibían

cada dos meses. De todos ellos, sólo 81,299 regresaron al padrón luego de un tedioso

trámite, de acuerdo con cifras de la investigación del diario digital Salud con Lupa. Si bien

un gran porcentaje fueron retirados por haber fallecido, sucede que otros siguen

requiriendo el beneficio, y lo que es peor, nunca calificaron a pesar de ser pobres urbanos

en situación extrema.

El registro que documenta la pobreza y que se convierte en el requisito previo para

acceder a Pensión 65 es el Sistema de Focalización de Hogares (SISFOH). Sin embargo,

las fallas de este sistema quedaron expuestas dramáticamente durante la pandemia. Este

sistema cruza los datos de la Superintendencia Nacional de Salud (SuSalud), la

Superintendencia Nacional de Registros Públicos (Sunarp), la Superintendencia Nacional

de Aduanas y de Administración Tributaria (Sunat) y el Organismo Supervisor de la

Inversión en Energía y Minería (Osinergmin). Si se detecta que algún miembro de la

familia es propietario de un vehículo o que el consumo de electricidad es elevado, se

concluye que la familia no es pobre. Más aún, en el caso de los adultos mayores que

viven alquilando cuartos diariamente cuyo trabajo es informal, no existe forma de

documentarlos. Sólo si la familia es calificada por el SISFOH como pobre puede acudir a

la municipalidad para que a través de la Unidad Local de Empadronamiento (ULE) realice

una visita domiciliaria, documente su estado y eleve su registro.



Pero sucede que los empadronadores de los municipios no son capaces de levantar la

información con criterio humano y no sólo técnico. Por ejemplo, si la persona adulta

mayor, cuenta con un televisor, no es considerado pobre, aunque sea el regalo de un

nieto. Es más, si cuenta con un refrigerador y un microondas que sirven de almacén

porque están malogrados, tampoco califican. Más aún, si la persona es recicladora y sale

al alba y regresa a su predio en la noche y no es encontrada en su domicilio, también es

descalificada. Punto aparte es la situación de los adultos mayores que viven solos sin

familia que los respalde.

Para mejorar el acceso a los programas sociales, el Banco Mundial aprobó un crédito

para el Perú de 55 millones de dólares en agosto del 2024 destinados a modernizar el

Sistema Nacional de Focalización (SINAFO) que logre también fortalecer la labor de las

ULE municipales. Mientras tanto, cabe preguntarse, ¿cuál es la labor de campo que están

realizando las municipalidades para registrar a los pobres urbanos? ¿cómo operan las

gerencias sociales, las gerencias de desarrollo humano y los programas de adultos

mayores frente a la situación de vulnerabilidad que se ve en las calles de sus distritos?

¿cuáles son las oportunidades que se pueden generar con nuevos servicios que protejan

su dignidad?


Es más, todos tenemos en claro que 250 soles recibidos bimensualmente, no solucionan

el problema de la pobreza urbana. Mientras el gobierno se organiza, desde los municipios

se puede intervenir para prevenir que los adultos mayores lleguen a esta situación de

desprotección. La innovación en la creación de nuevos servicios es la respuesta.

Nunca antes había visto la pobreza tan visible reflejada en la piel de los adultos mayores

que salen a las calles a buscarse la vida en zonas urbanas. Expuestos al sol, a la burla, al

peligro, buscando ganarse unos soles para pagar su habitación o su almuerzo. La

inclemencia de los ciudadanos que los ven y voltean el rostro es tan equiparable como el

de los decisores políticos que están enfrascados en construir obras en vez de ayudar a

reparar vidas. Los que vemos con otra lupa la realidad, busquemos hacer todo lo que

podamos desde nuestras esquinas porque mientras persista la vulnerabilidad no habrá

inclusión. Y sin inclusión, la igualdad de derechos será un verso sin alma.

 
 
 

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