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  • Foto del escritorAdrián Torres John

¿Y por qué no hemos marchado antes?

Indudablemente, el tiempo que transcurrió entre el inicio de los destapes de toda la corrupción que existe en el Poder Ejecutivo peruano y la toma de iniciativa ciudadana para comenzar a manifestarse en forma de marchas y pronunciamientos colectivos para la salida del presidente Castillo fue considerablemente largo.

Imagen: Diario Expreso


No se trata, en efecto, de una falta de razones para que ocurran tales movilizaciones: por el contrario, estas sobran. El motivo recae, en realidad, en un motivo mucho más histórico. En la presente columna, se examinarán dichas causas.

A lo largo del siglo XX, podemos encontrarnos con una alternancia muy dinámica entre gobiernos civiles y militarismos. La constante entre estos dos tipos de mandatos fue el uso de una represión muy grande a todos aquellos que fuesen enemigos políticos o, desde sus respectivas visiones, posibles peligros para la seguridad de sus regímenes. Tal fue el caso, por ejemplo, del gobierno de Velasco Alvarado, quien, si bien permitió la existencia de partidos disidentes en la teoría, la práctica fue muy distinta: las fuerzas del orden y los militares no tardaban en cerrar locales, encarcelar militantes y destruir producciones académicas con tal de erradicar posibles antagonistas.

Sin embargo, es posible retroceder aún más en el tiempo y observar las raíces del anterior carácter abúlico de la población en períodos previos al republicano. Durante los tiempos virreinales, el orden social se basaba en una desigualdad hacia los descendientes de los nativos del Nuevo Mundo tanto a nivel institucional como desde las costumbres y tradiciones. Los oprimidos, lamentablemente, tenían pocas posibilidades de levantarse. Por el contrario, se adentraron en las dinámicas sociales que el contexto ofrecía, cuyas únicas posibilidades de mejorar sus condiciones de vida con el paso de las generaciones era con un desarrollo económico familiar o a través de matrimonios con familias de linaje mucho más respetable (en aquel escenario, naturalmente) y con características físicas más blancas y Europas.

La historia, de esta manera, tiene un impacto directo en el temperamento y en detalles que pueden parecer tan nimios como las reacciones individuales ante una injusticia. La obediencia y el no levantamiento resultaron ser para el peruano, en escenarios pasados, la única posibilidad de asegurar su bienestar. Esto, evidentemente, ha cambiado con el tiempo, y la libertad de expresión es uno de los pilares fundamentales de una sociedad democrática. Por ello, el peruano debe perder miedo a expresarse, tanto a nivel individual como colectivo, tanto de manera oral como con acciones de movilización, como marchas o plantones. Naturalmente ¿qué mejor motivo para hacerlo que la defensa de la democracia, el Estado de Derecho y la libertad?


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