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  • Foto del escritorAlison Mauriola

¿A quién le gusta que lo corrijan?

Hace dos años, un día como otro, después de que a mí, una correctora de estilo incipiente y atitulada, me hayan llamado la atención por hacer mi trabajo —¿o herir el ego de un escritor?—, un colega me dijo: “Bueno, Alison, ¿a quién le gusta que lo corrijan?”. No era una justificación, más bien yo creo que era una resignación ante los comentarios del malherido autor. Esta situación me sirve ahora a mí —ya no incipiente y casi titulada—, para hablar sobre el oficio más enriquecedor de la lengua española.



La vocación del estudiante eterno se ha ido desarrollando desde el mundo clásico, el oficio del corrector tuvo incipientes —pero importantes— avances gracias a los estudios que hizo Platón, según lo recoge Gómez Belart (2019). El corrector de ayer estuvo en Grecia, pero también en la realeza; en los juzgados como corregidor real, pero también en los monasterios. El corrector de ayer fue, en general, el sabio copista que marcaba las correcciones en los márgenes de las hojas. Erasmo de Rotterdam es un ejemplo del erudito que utilizaba una pluma de metal para corregir las faltas gramaticales.

En la actualidad, el corrector utiliza el control de cambios y trabaja, por lo general, en una computadora. El estudiante eterno, que constantemente se actualiza en saberes (Gómez Belart, 2020), corrige en el Word y ya no en la hoja de papiro. No trabaja en la realeza y su mejor carta de presentación es un LinkedIn sin errores. Publica en Instagram normas gramaticales, es un influencer del lenguaje. Aunque haya cambiado los papiros por las pantallas, no ha dejado de tener el perfil que tenía Rotterdam: un estudioso con tres competencias (García Negrori y Estrada, 2006).

El corrector de ayer y el de hoy, aunque no son de las mismas épocas, sí tienen –y necesitan– las mismas capacidades para ejercer su oficio: los niveles fonológicos, morfológicos y sintácticos. Además, como afirma Alicia Zorilla (2018), es imprescindible una marca personal que marque la diferencia. Aunque se especula que las nuevas tecnologías reemplazarán al corrector, siempre será necesario que otra persona revise los textos, analice el contenido y recomienden nuevas estructuras sintácticas. Siempre será necesaria una Alicia Zorrilla que corrija la semántica.


Referencias

García Negrori, M. M. y Estrada, A. (2006) ¿Corrector o corruptor? Saberes y competencias del corrector de estilo. Páginas de Guarda 01.

Gómez Belart, N. (2019). Una lectura diacrónica sobre los modos de escribir. En Ascot Perú, La palabra en la era digital. Lima, Perú.


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