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  • Foto del escritorAndrés Armas Roldán

Marcel Proust: el tiempo en una magdalena

Mario Vargas Llosa mencionó en un artículo para el diario El País que no hallaba placer en Proust: «A mí no me gusta Marcel Proust, por ejemplo, y por muchos años lo oculté. Confieso que lo he leído a remolones; me costó trabajo terminar En busca del tiempo perdido, obra interminable, y lo hice a duras penas, disgustado con sus larguísimas frases, la frivolidad de su autor, su mundo pequeñito y egoísta». Aunque, en uno de los capítulos de su serie biográfica “Una vida en palabras”, el Nobel menciona brevemente que, En busca del tiempo perdido, es de esas obras —entre todas las que ha leído— que calificaría como una de las más sublimes de toda la literatura universal.


Las declaraciones, sean contradictorias o no, ponen sobre la mesa uno de los tantos dilemas del lector: no todos los libros son igual de placenteros. A mi memoria viene una frase de Borges: «Si hay un libro tedioso para ustedes, no lo lean; ese libro no ha sido escrito para ustedes». El placer no es obligatorio —decía el pensador argentino—, el placer es algo que buscamos. Tal vez la recherche no haya sido escrita para Mario. Su prosa esteticista, amanerada y decadentista pareciera oponerse al estilo realista que tanto ha defendido y ejercido Vargas Llosa; y no porque en apariencia ambas formas se presentan como antagónicas, el escritor peruano va a despotricar sobre la obra magna de Proust de manera objetiva. Pero como todos los escritores son hijos de su tiempo y están condicionados por este, habría que ir a la Francia de finales del siglo XIX e inicios del XX para entender quién fue Marcel Proust y por qué dedicó las últimas décadas de su vida a realizar una obra trascendental que nunca llegó a terminar.



La Belle Époque, el momento de esplendor de la aristocracia parisina luego de la guerra franco-prusiana marca el contexto del inicio de la serie de novelas de la recherche. Proust, hombre que pertenecía a una familia culta y acomodada, mantuvo contacto con la élite francesa por esos años. El exotismo, la sexualidad, el despilfarro, la diversión, la joie de vivre. Paris pretendía convertirse en la capital del hedonismo europeo; y lo consiguió. La ciudad era el centro del arte en Europa; y Proust, que pretendía hacerse un camino como escritor, tuvo siempre sus necesidades materiales cubiertas: cuestión que hizo que pudiera dedicarse por completo a la literatura. Pero, ¿Qué es lo que motivó al escritor francés a escribir una serie de libros intentando retratar la época en la que vivió? ¿Cómo contar sobre una etapa dorada, dentro de la historia francesa, llevando el retrato a la ficción? Para esto, Marcel había encontrado inspiración en las memorias del duque de Saint-Simon. Quien, a través de la nostalgia por un pasado mitificado, narrará —a lo largo de tres mil páginas—, sobre la Francia de finales del siglo XVI e inicios del XVII: Marcel trataría de emularlo.


Un año antes de empezar la Primera Guerra Mundial, Proust decide publicar el primer libro de la recherche: Por el camino de Swann. ¿El resultado? Pasó inadvertido. Incluso lo presentó al premio Goncourt siendo rechazado. ¿Estaba el lector de 1913 preparado para Proust? Probablemente no: el problema de tantos que han podido sostenerse en el tiempo debido a la trascendencia de su obra.


Hay momentos importantes y memorables dentro de la literatura. Podríamos mencionar algunos: Don Quijote y la lucha contra los molinos de viento; Odiseo llegando a Ítaca, reencontrándose con Argos, su perro; las muertes de Romeo y Julieta; el suicidio de Anna Karenina; el monologo de Hamlet; las hormigas llevándose al último de los Buendía; etc. Así como estos, la magdalena de Proust forma parte de uno de los momentos más excelsos de la literatura universal. Es esa descripción del sabor, esa textura en la boca, lo que despierta en el personaje la reconstrucción de una realidad olvidada en su memoria. La comprensión y la noción de ese tiempo olvidado e ignorado que es rememorado por las sensaciones, en este caso, de la magdalena. Un caso muy contemporáneo podría ser el de Anton Ego en Ratatouille. Por lo tanto, ¿Dónde se encuentra el paraíso, nos dice Proust? En la memoria. Y el paraíso muchas veces anda perdido.


Proust fue, en esencia, un pintor de palabras. Y, desde luego, un trabajador incansable con una capacidad increíble de observación para comprender el mundo en el que vivió. Hoy, en tiempos donde todos corremos, condicionados por la competencia, representa un desafío leerlo. El autor francés sólo pudo publicar en vida dos de los siete tomos que completan la recherche. Y el mejor homenaje que se le puede hacer a alguien que dedicó tanto, y que no pudo recibir en vida los aplausos que se merecía, es leerlo.


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