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  • Foto del escritorAndrés Armas Roldán

La curiosa anécdota entre Cesar Vallejo y Clemente Palma

En las primeras décadas del siglo pasado, la revista Variedades se alzaba como la publicación escrita más importante de la época. Ante la inmediatez informativa y superficial de los diarios, Variedades pretendió —desde un inicio— movilizarse dentro de la pluralidad de opiniones de las distintas misceláneas que presentaba. Bajo la dirección de Clemente Palma desde su nacimiento, la revista contó con muchos y distinguidos colaboradores que encontraron en la prensa el mejor medio para llegar a más personas. Y, por sus huestes, desfilaron algunos nombres como los de: José Carlos Mariátegui, Abraham Valdelomar, Leonidas Yerovi, José María Eguren, Enrique Carrillo y Cesar Vallejo. Este último, a pesar de que fue un colaborador constante en la mitad de la década del veinte, no tuvo un inicio tan propicio como se cree; valiéndose de sus primeras críticas cuando aún no se convertía en el poeta de Los heraldos negros y Trilce.



Corría el año 1917 y con veinticinco años, Cesar Vallejo empezaba a publicar sus primeros poemas. Un año antes de la publicación de Los heraldos negros, algunos poemas ya empezaban a circular por periódicos y revistas de Trujillo y Lima. Su poema “Ausente” fue publicado a mediados de ese año en la revista Mundo Limeño. Pero Vallejo sabía que la literatura se trata de la corrección perpetua. Que uno desecha más de lo que escribe. Y que la satisfacción de la palabra escrita no existe en los escritores que pretenden trascender; aún había tiempo para el ensayo y error. Por lo que necesitaba una voz con autoridad para ver si lo que escribía tenía validez, calidad. ¿Y por qué no el hijo mayor de los Palma? Quien, en ese momento, era una de las voces más lúcidas dentro del quehacer literario peruano. No es que el poeta más grande de nuestro país haya necesitado la aprobación de Clemente Palma para seguir escribiendo y publicar, sino que, era menester, empezar a ganarse un nombre antes de entrar de lleno en el mundillo literario peruano. Y con la inseguridad de no saberse dueño por completo de su pluma, de sus acertijos retóricos, de sus recursos lingüísticos; el joven y no tan inexperto Cesar Vallejo envía a Variedades el soneto "El poeta a su amada" bajo las siglas “C.A.V.”.


La respuesta de Palma es casi inmediata, en la estafeta del número 499 de Variedades se puede leer: «Hasta el momento de largar al canasto su mamarracho, no tenemos de usted otra idea de deshonra de la colectividad trujillana». Clemente Palma es directo y no tiene ningún atisbo de remordimiento frente al desdén que sentía con los nuevos talentos que querían hacerse con una carrera literaria y que no tenían el suficiente talento para defender su propuesta. No suavizaba sus palabras porque un novel escritor empezaba a dar sus primeros pasos. Parece que su consigna es inexorable: tienes talento o no lo tienes. Pero el valor que se le rescata al poeta santiaguino radica en no dejarse dinamitar por la crítica viperina de Palma. Al final, Vallejo se sabía Vallejo. Y, rectificandose tras esa primera impresión, el hijo de don Ricardo Palma entablará amistad con Vallejo hasta el final de sus días; además de aceptar la colaboración en Variedades con artículos que el poeta enviaba desde Europa. Compartimos en su totalidad la respuesta de Palma ante el soneto de Vallejo:


Señor C.A.V. Trujillo.


También es usted de los que vienen con la tonada de que aquí estimulamos a todos los que tocan de afición la gaita lírica, o sea a los jóvenes a quienes los da el naipe por escribir tonteras poéticas más o menos desafinadas o cursis. Y la tal tonada le da margen para no poner en duda que hemos de publicar su adefesio. Nos remite usted un soneto titulado «El poeta a su amada», que en verdad lo acredita a usted para el acordeón o la ocarina más que para la poesía.


Amada: en esta noche tú te has sacrificado sobre los maderos curvados de mis besos Amada: y tú me has dicho que Jesús ha llorado y que hay un viernes santo más dulce que mis besos.


¿A qué diablos llama usted los maderos curvados de sus besos? ¿Cómo hay que entender eso de la crucifixión? ¿Qué tiene que hacer Jesús en estas burradas más o menos infectas?… Hasta el momento de largar al canasto su mamarracho, no tenemos de usted otra idea de deshonra de la colectividad trujillana, y de que, si se descubriera su nombre, el vecindario lo echaría lazo y lo amarraría en calidad de durmiente en la línea ferrocarril de Malabrigo.


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