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  • Foto del escritorSol Pozzi-Escot

Harold Alva: "Vivir es un desafío"

Harold Alva, poeta, escritor y gestor cultural, entrelaza su vida con la poesía desde las raíces familiares hasta las calles históricas de Barranco. Además, en su travesía, Alva es un creyente en la importancia de la promoción de la cultura, dando vida al Festival Internacional Primavera Poética. Entre la poesía, la difusión cultural y la política, encuentra una unidad inquebrantable, tejiendo su identidad en la reconstrucción constante.



¿Cómo llegaste a la poesía? O, en otras palabras, ¿Cómo llegó la poesía a ti?


Si la poesía es esa energía que nos impulsa a tocar el corazón del mundo, la poesía son mis padres, así en presente. La poesía llegó con ellos: con mamá cuando lo esperaba hablándonos de sus cualidades, narrándonos historias increíbles con el entusiasmo de quien abrazaba la alegría al pronunciarlas; papá era el hombre más justo de la tierra, un artista que sostenía su talento cantándonos en casa, haciéndonos dormir con los cuentos del abuelo, mientras mi madre nos acariciaba el pelo. Yo aprendí a entender la poesía, mirándolos, pero no sabía escribirla o compararla con alguna imagen que se les parezca. Hasta que un día, a mis seis años, mi padre, era policía, al retornar de una comisión, me trajo un libro: una antología poética de Rubén Darío. Recuerdo que aprendí “Autumnal”, “Melancolía” y “Los motivos del lobo”. Con la lectura descubrí que era bueno con la memoria, eso me llevó a participar en las actividades de la escuela, no había fecha cívica o verbena en la que yo no participara declamando un poema. Así llegué a José Santos Chocano, Amado Nervo, José Ángel Buesa, Federico Barreto, Abraham Valdelomar, Arturo Corcuera. Ellos fueron los primeros poetas que leí. Luego, en 1988, nos instalamos en las montañas de Tumbes. Allí desaprendí todo aporte citadino, aprendí a cazar animales, a utilizar el hacha, el machete, la palana, a sembrar hortalizas y lidiar con el invierno que golpeaba salvaje durante los meses de enero a marzo. Lo único que no olvidé fue volver a los libros de poesía. Fueron siete años de una formación que sirvió para no empantanarme con los desafíos. Imagina a un adolescente, de trece años, con un hacha, derribando, solo, un enorme algarrobo, luego trozarlo para leña, y llevar esa carga a casa, en tres o cuatro viajes. Ahora imagínalo despertando a las cinco de la mañana para ir por agua, cinco idas y vueltas al río con dos recipientes, al hombro, o a cazar camarones y, a las siete, listo para la escuela. Esa fue mi rutina en el campo, ese fue mi entrenamiento para la vida.


Harold Alva en la montaña


En tus poemas, se puede identificar un interés temático por la figura del mar. ¿Qué representa el mar para ti?


Nací en El Alto (Talara, Piura), una localidad arriba de un acantilado, donde aprendí a mirar el mar. Abajo queda Cabo Blanco, el lugar donde Hemingway cazaba delfines. Viví allí hasta 1983, después nos fuimos a Trujillo. En vacaciones visitábamos a la abuela materna que vivía en Los Órganos, un balneario cerca de Máncora, así hasta 1986 cuando de Trujillo mi padre pidió su cambio a Cascas, en aquel entonces Contumazá, Cajamarca, la zona norandina del Perú. El mar representa mi primera infancia, mi primer asombro, el primer deslumbramiento. Un día de invierno, de 1992, con mi hermano Stalin, decidimos caminar siguiendo al río. Caminamos día y medio hasta que llegamos a una localidad llamada Bocapán, donde increíblemente terminaba el río. Allí estaba de nuevo el mar: ese maravilloso gigante al que recordaba en sueños pensando que se trataba de un lugar imaginario. El mar es mi primer sueño.


En tus escritos, a menudo mencionas la locura. ¿Qué papel desempeña la locura en tu poesía y cómo la exploras en tus versos?


Tenía ocho años cuando llegué a vivir a Cascas. A esa edad cumplía con una disciplina distinta a la que viviría en el campo: a las siete salía rumbo a la escuela, a las tres cruzaba la acera para ingresar al taller del Shémere, un famoso paisajista con quien aprendí sobre teoría del color; a las cinco iba donde el maestro Romero a observar cómo pintaba imágenes de estilo renacentista y, a las siete, me sentaba en la esquina de la casa del tío abuelo David para leer los poemas, de la antología de Darío, con su hijo Óscar: mi incomprendido tío Óscar. El tío Óscar se sentaba en la vereda a tocar su flauta con la devoción de un concertista. Nadie le daba importancia. La locura lo había consumido. El tío Óscar observaba a los transeúntes y reía, se carcajeaba golpeándose la cabeza como si acaso con aquellos golpes Cascas retornaría los ojos hacia sus desorbitados gestos. Yo lo observaba con tristeza, tocaba su pelo y mientras lo peinaba el tío Óscar cerraba los ojos, se abrazaba a sí mismo y liberaba sus lágrimas. Yo abría el libro y leía. “Lee de nuevo”, me pedía y volvía a los poemas del cisne. “Lee de nuevo, de nuevo”, insistía y yo terminaba llorando junto a él con una tristeza que en aquel entonces no entendía. Fue en la adolescencia, con el Aloysius Acker, de Martín Adán, con versos como “El que no eres tú es el otro, / el cavador del cementerio, / el taquígrafo, el mecanógrafo, / el que me espanta, el que no temo. / ¡Vivir es estar tú cogido de mi mano! / ¡Vivir es estar yo cogido de tu mano! / A veces te sueltas;/ ¡y andas solo por la ciudad y el campo!”, los que me llevaron a indagar sobre el poeta, sus años en el Larco Herrera, su vitalidad para sostenerse en medio del vacío que significa ponerse de espaldas a la civilización para refundarse en el lenguaje, en esa radicalidad que encontré después con Antonin Artaud y Leopoldo María Panero, lo que ha hecho de la locura un tema recurrente en mi poética. Quizá ese aprender y desaprender, esa convivencia con los extremos, la abundancia y la precariedad, la pérdida de mis seres más queridos, las tragedias que hemos enfrentado con la serenidad de un monje, han hecho que explorándola me encuentre con la honestidad, con ese oasis de fraternidad que, en un mundo de emoticones, reels y likes, estamos perdiendo.


Además, el distrito de Barranco es clave para tu poética. ¿Qué aspectos de este históricamente artístico distrito de Lima son insumo poético para ti?


El politólogo Juan Antonio Bazán se refiere a Barranco como un lugar para ser feliz. Razones no le faltan. Vayamos a la experiencia de vivir en Barranco: es un distrito pequeño, el más pequeño de Lima, con una arquitectura que transporta a otras épocas, como en el film Medianoche en París de Woody Allen, en el que bien te podrías imaginar coincidiendo con Abraham Valdelomar, Manuel González, Martín Adán, Juan Parra Del Riego, Estuardo Núñez, Manuel Beingolea o José María Eguren. Y no tan lejos: con César Moro, Blanca Varela, Chabuca Granda, Luis Enrique Tord, Fernando de Szyszlo; o visitando La casa de la Poesía y dialogar allí con César Calvo, Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza y Arturo Corcuera; esa historia es la que se respira en sus calles, en la alameda de Pedro de Osma, en el malecón Harris, en su biblioteca municipal o en el puente de los suspiros. Cuando llegué a Lima, Barranco era un destino, por eso viví diez años allí. Ahora, he aprendido que uno es feliz donde el corazón está en paz y, eso, más que un destino, es un desafío. Vivir es un desafío.


¿Qué aporta la poesía a tu vida?


La poesía es mi vida. Si no hubiera tenido a la poesía conmigo en Cascas, acompañando los extravíos del tío Óscar, o al centro de las montañas, durante aquellos siete años sobreviviendo la precariedad del bosque seco tropical, o en Trujillo cuando no supe decir “no” a mis padres y terminé estudiando una carrera que me distrajo algunos años, no sé quién sería ahora. La poesía me entrega otra visión del mundo, una lectura que proceso desde otras márgenes, con otra libertad que va más allá de cualquier dualismo; la poesía me aporta vértigo, coraje, seguridad, e increíblemente me permite estar en paz, organiza mi desorden con una disciplina que fluye de forma anti represiva. La poesía es mi punto de apoyo, la gran motivación, mi banco de proyectos que van desde lo literario hasta lo político, pasando por el periodismo, los seminarios de formación, la organización de ferias de libros, la editorial, los viajes; esa ausencia de techo, ese no creérmela, me aporta la poesía.


Harold Alva y los poetas de la décima Primavera Poética


A eso quería llegar: además de poeta, eres un incansable gestor cultural, has realizado diversos eventos como ferias de libros y el Festival Internacional Primavera Poética. ¿Qué inspira a Harold Alva a seguir trabajando por la cultura?


La primavera poética nació de un hecho fortuito. Con un amigo estábamos organizando una feria de libros, en Barranco, el 2013. Nos habían garantizado el permiso para instalar la feria en la plaza principal. De pronto, a una semana de la inauguración, nos dijeron que no teníamos el permiso porque el Ministerio de Cultura tenía prohibido que se hagan ferias en la plaza principal por ser patrimonio histórico. Para entonces habíamos invitado a tres escritores que llegarían de EEUU a participar en nuestro evento, pero ya no teníamos evento. Se nos ocurrió acudir a un centro cultural amigo para que nos facilite su auditorio y hacer un ciclo de presentaciones con los invitados. Estábamos en eso cuando una tarde me llamó Arturo Corcuera para preguntarme si siempre iría el fin de semana a su casa de Chaclacayo, yo estaba ayudándolo a seleccionar poemas para una antología. Le conté lo sucedido y le pregunté si podía ser parte del ciclo de conferencias. Entonces ambos nos quedamos en silencio, luego de unos segundos, Arturo me dijo: “Puedo hablar sobre los cincuenta años de la primera edición de Noé delirante”. A lo que, por reflejo le respondí: “Hagamos un festival de poesía para Noé”, Javier Sologuren le publicó en 1963, en La rama florida, “Noé Delirante”, y Arturo, en 1964, publicó “Primavera triunfante”, de allí nació el nombre. “Vamos a celebrar Noé en el festival Primavera Poética”, finalicé. Y así nació, hace diez años, nuestro festival: como un bello pretexto para homenajear en vida, publicándoles un libro, a los poetas que admiramos. Hemos publicado una biblioteca que ya lleva 68 títulos físicos y 100 títulos digitales. Compartir con escritores de la dimensión de Óscar Málaga (Perú), Raúl Zurita (Chile), Leopoldo Castilla (Argentina), José Luis Díaz-Granados (Colombia), Luis García Montero (España), Daisy Zamora (Nicaragua), Víctor Rodríguez Núñez (Cuba), por citar algunos, no solo es un honor sino una gran alegría. Esa emoción es la que me inspira: imaginar las obras de aquellos apóstoles publicadas en mi país y caminar con ellos en una fraternidad a prueba del tiempo. Eso me permite la gestión cultural, actividad que realizo desde mis años en la universidad. Son casi tres décadas en las que no me permito vacaciones, en un país como el nuestro, la única respuesta para resolver las crisis es apostar por la educación y los proyectos culturales, pero apostar de verdad, no solo desde el discurso, sino en la acción.

El FIP es una clara muestra de la importancia de la idea de comunidad, de hermandad entre poetas para ti. ¿Qué significa la amistad en el contexto de la poesía?


La poeta nicaragüense Daisy Zamora, me dijo algo muy bonito cuando la llamé para felicitarla por el premio Casa de América de Poesía Americana: “Tú eres mi familia poética”. Eso significa para mí saber que soy parte de un tejido cuyo ADN es el lenguaje poético. He tenido la oportunidad de estar en otras ciudades, y en ninguna me he sentido solo. Sé que tengo familia en Lisboa, en Madrid, en León, en Salamanca, en Granada, en Bogotá, en Santa Cruz, en Santiago, en Valdivia, en Buenos Aires, en Ciudad de México, en Puebla, en Villahermosa, en Nueva York, lo he vivido, me lo han demostrado. Recuerdo entonces a Omar Lara, el gran poeta chileno, cuando, el 2014, en Concepción, me afirmó que sí era posible la comunión de calidad literaria y humana, me lo confirmó después Jorge Ariel Madrazo, la última tarde de la primavera poética, del 2015, mientras caminábamos por el malecón de Miraflores hacia la estatua de Antonio Cisneros.


Harold Alva en México


Asimismo, has incursionado en política. ¿Cómo conciliar a Harold Alva como poeta y Harold Alva como político?


Lo dije en una entrevista con Ernesto González Barnert, para la Fundación Neruda: la política, en su sentido estricto, es un concepto que debemos recuperar. La política, desde la plataforma del liberalismo, que es la acera por donde la transito, me entrega entendimiento. La poesía, visión. Nunca he dejado de escribir, y nunca he dejado de hacer política. Yo no concilio a Harold Alva poeta con Harold Alva político: somos uno. Cuando sentí que podía hacer algo por mi ciudad desde la política militante, fui candidato, y cuando fui candidato no dejé de hacer gestión cultural, continué con la organización de la primavera poética, seguí publicando libros, y ahora que estoy concentrado en la actividad cultural, sigo haciendo política desde mis artículos de opinión. No en la militancia ahora, no estoy afiliado a ningún partido, pero estoy dando la batalla cultural organizando eventos autogestionarios en los que no interviene la maquinaria del poder hegemónico. Toco las puertas de privados y de instituciones que han entendido la importancia de recuperar espacios para la masificación del arte y la lectura. En el Perú es increíble la degradación a la que han descendido las izquierdas, los centros y una derecha que no aprende a leer la sensibilidad de las mayorías.


Harold Alva en campaña en 2017


¿Qué esperanzas albergas, tanto para ti, como para tu país, en los próximos años?


Hemos aprendido a sostenernos. Que haya más de un 80% de informalidad, nos dice claramente que el estado de derecho es una falacia. Pero también nos señala que ha logrado ensamblar otro sistema que responde a las reglas del mercado. Eso que es preocupante, es también una esperanza. Canalizar esa fuerza, integrar nuestras identidades, lograr un equilibrio que nos permita atender el deber de asumir la responsabilidad histórica de la reconstrucción es la gran demanda. Sabemos con quiénes debemos construir, basta hacer un repaso de lo que ha sido el Perú y sus políticos, los últimos cuarenta años, para tener claro dónde están los aliados y quiénes son los adversarios. La ciudadanía espera ese punto de partida.


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