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  • Foto del escritorAlison Mauriola

¿Haces política por vocación o pasión?

“¿Haces política por vocación o pasión?”, les preguntaría a los políticos que nos gobiernan ahora, sobre todo a los que antes de entrar al poder no tenían bienes y ahora tienen departamentos. Y no hago referencia solo de la congresista Bazán, que estuvo de moda criticarla, sino también de Katy Ugarte y Carlos Zeballos.



“En mi época los congresistas eran excelentes profesores, pero ahora los profesionales, la mayor cantidad de profesionales, no están en el Congreso”, me decía en clase mi maestro de Derecho. Y cuánta verdad tiene, porque las discusiones en el Legislativo ya no son sobre qué es la dialéctica ni la idea general del Perú. En el Parlamento ya no hay algún Baquíjano y Carrillo, Unanue, De Luna Pizarro, ningún Amante del País.

Será cuestión de la nueva generación política, dicen algunos, pero ¿cómo está el conjunto de los políticos en formación? Unos ejercen el noble oficio de buscar el bien común, otros solo quieren el reconocimiento que hacer política trae. Los primeros hacen política por vocación; los segundos, por pasión. Esa es la diferencia entre un Amante del País y un político superficial.

En mi desfile por agrupaciones políticas he presenciado una certeza: muchos jóvenes hacen política por el reconocimiento que conlleva. Claro, si quieres cambiar el país, ¿quién no te felicitaría? Una palmada en la espalda, tu foto en redes sociales ajenas, que te reconozcan extraños con un “¿Eres tú Pomponio de los Palotes...?”, que siempre te den la razón. La persona que hace política debido a la satisfacción del reconocimiento, hace política por pasión.

La pasión implica el movimiento –no físico, sino metafísico- del ser hacia un bien real o no. En el caso de los políticos superficiales, la satisfacción sería a lo que tienden. ¡Cuánta satisfacción hay en los cumplidos! Y no es que esté mal en sí mismo, el problema viene cuando es la razón de ser de la actividad política. Ello significará que, cuanto vaya reduciendo el reconocimiento, pronto también la defensa de la democracia, la búsqueda de la libertad, los derechos humanos, en fin, el hacer político.

La pasión es pasajera, inconstante, fugaz. ¿Qué pasa cuando escribir artículos ya no está de moda? ¿Cuándo las fotos en el Congreso no tienen likes? ¿Seguirás escribiendo? ¿Seguirás siendo político? ¿Y cuando no te den la razón? Incluso peor, ¿qué pasará cuando busques el bien común y lo que recibas a cambio sea el no-reconocimiento o el sabotaje?

La vocación es permanente y, por tanto, trascendente. Eso es lo que necesita una persona que buscará el bien común, cada integrante de la próxima clase legislativa. El fundamento de la política es la vocación al bien común, la cual no trae siempre aplausos y cumplidos, sino mayormente irreconocimiento, y conflicto –y más en un país en el que los problemas abundan–. La política se hace, en fin, por vocación, no por pasión.


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